Ahora escribo pájaros. No los veo venir, no los elijo, de golpe están ahí, son esto, una bandada de palabras posándose una a una en los alambres de la página, chirriando, picoteando, lluvia de alas y yo sin pan que darles, solamente dejándolos venir. Tal vez sea eso un árbol
o tal vez el amor.
2.
Anoche te soñé sacerdotisa de Sekhmet, la diosa leontocéfala. Ella desnuda en pórfido, tú tersa piel desnuda. ¿Qué ofrenda le tendías a la deidad salvaje que miraba a través de tu mirada un horizonte eterno e implacable? La taza de tus manos contenía la libación secreta, lágrimas o tu sangre menstrual, o tu saliva. En todo caso no era semen y mi sueño sabía que la ofrenda sería rechazada con un lento rugido desdeñoso tal como desde siempre lo habías esperado.
Después, quizá, ya no lo sé, las garras en tus senos, colmándote.
3.
Nunca sabré por qué tu lengua entró en mi boca cuando nos despedimos en tu hotel después de un amistoso recorrer la ciudad y un ajuste preciso de distancias.
Creí por un momento que me dabas una cita futura, que abrías una tierra de nadie, un interregno donde alcanzar tu minucioso musgo. Circundada de amigas me besaste, yo la excepción, el monstruo, y tú la transgresora murmurante.
Vaya a saber a quién besabas, de quién te despedías. Fui el vicario feliz de un solo instante, el que a veces encuentra en su saliva un breve gusto a madreselva bajo cielos australes.
4.
Quisiera ser Tiresias esta noche y en una lenta espera boca abajo recibirte y gemir bajo tus látigos y tus tibias medusas.
Sabiendo que es la hora de la metamorfosis recurrente, y que al bajar al vórtice de espumas te abrirías llorando, dulcemente empalada.
Para volver después a tu imperioso reino de falanges, al cerco de tu piel, tus pulpos húmedos, hasta arrastrarnos juntos y alcanzar abrazados las arenas del sueño.
Pero no soy Tiresias, tan sólo el unicornio que busca el agua de tus manos y encuentra entre los belfos un puñado de sal.
5.
No te voy a cansar con más poemas. Digamos que te dije nubes, tijeras, barriletes, lápices, y acaso alguna vez te sonreíste.
En las montañas de Valkeri entre los pavorreales que se pavonean encontré una flor tan grande como mi cabeza y cuando me estiré para olerla
perdí el lóbulo de la oreja parte de la nariz un ojo y la mitad de la cajetilla de cigarrillos
regresé al siguiente día con la intención de cortar aquella maldita cosa pero la encontré tan hermosa que en cambio maté un pavorreal.
Culminación del dolor
Oigo incluso cómo ríen las montañas arriba y abajo de sus azules laderas y abajo en el agua los peces lloran y toda el agua son sus lágrimas. oigo el agua las noches que consumo bebiendo y la tristeza se hace tan grande que la oigo en mi reloj se vuelve pomos en la cómoda se vuelve papel sobre el suelo se vuelve calzador ticket de lavandería se vuelve humo de cigarrillo escalando un templo de oscuras enredaderas...
poco importa
poco amor o poca vida no es tan malo
lo que cuenta es observar las paredes yo nací para eso
nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.
—luces fuera— caída, manos unidas, en instantáneo éxtasis como un chute de heroína o morfina, la glándula interior de mi cerebro descargando el perfecto fluido alegre (Santo Fluido) cuando me desnudo y fijo todas las partes del cuerpo a un trance de inactividad —Curando todas mis enfermedades —borrándolo todo —ni siquiera un fragmento de un "Espero que tú" o un lunático bocadillo de tebeo queda, sólo la mente en blanco, serena, sin pensamientos. Cuando un pensamiento brote llegando de lejos con su manifiesta presencia de imagen, debes engañarlo y fuera con él, quítatelo de delante, dríbalo, y se desvanece, y el pensamiento nunca vuelve —y con alegría comprendes por primera vez "Pensar es justo lo mismo que no pensar— Así que no tengo que pensar nada más"
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada