jueves, 7 de junio de 2007

después de la escuela



Entraron. La ciudad estaba llena de rumbos y ellos avanzaban en hilera, con una separación de doce pasos entre uno y otro y era lógico, muy lógico, tener miedo ¿Quién no lo tendría? No todas las balas pueden verse, no todas las explosiones pueden ser anticipadas. Su mano acariciaba la empuñadura de su fusil como si se tratase de una novia... no, no de una novia... de un hermano, de un hermano que vendría a despertarle a las siete de la mañana avisándole de la escuela, del guardapolvo, de los libros y deberes pero también del café con leche, de las tostadas alineadas de cuatro en fondo como tanques de combate camufladas con manteca y, a veces, mermelada.

El teniente hizo un gesto con la mano y él obedeció rápidamente, tanto orden cerrado en el playón de ejercicios daban ahora fruto, no se precisaban palabras porque ¿Quién las oiría? Uno deja de oír con el primer cañonazo y el primer cañonazo está ahí, apenas pisás el límite del combate, y no vuelve a recuperar el oído hasta mucho tiempo después, mucho tiempo, cuando ya no hay gritos pidiendo ayuda, gritos de ¡Mamá! rebotando contra los cascos y uniformes como una maldición póstuma de un hijo desesperado. ¿Conque esto era la guerra? Avanzó por la calle veloz y ágil, mirando cada hueco negro como cuando miraba las ventanas antes de apretarla contra un muro y desprenderle la camisa y besarle los senos, el cuello y la boca y demorarse contra el pezón que se erguía de alborozo, hasta ser novio servía para esto, hasta ser un novio pobre sin plata para el telo (hotel para los puristas de la lengua) le había dado uñas para abrir este paquete con mayor o menor éxito. Hizo a su vez una seña con la mano y sus compañeros comenzaron a avanzar uno a uno ¿Cómo sabían que era despejado? ¿Cómo cada uno y todos recordaban algo de esas galimatías que le habían enseñado en los cuarteles del infierno? Dos dedos en los ojos y luego un dedo hacia el frente sería algo como “ve y explora y si no te vuelan la cabeza ven y nos cuentas”. Para el celador de la secundaria era “mirá pa`l frente, dejá de hablar, no te distraigas”. Mierda y remierda y más mierda para cada una de las señas. Por algún lado andarán los lobos. Por algún lado esperarán más de mil lobos y ellos son solo 12, o los indios y sus caballos y sus plumas reflejando los millones de tonos que tiene el aire. El aire es como un 32 bits a pleno, digamos, 32 bits de colores instantáneos. Con la sega no tenía rival pero luego vino la play y a aprender de nuevo, de nuevo, de nuevo. ¿Cuántos ha matado en la pantalla de la merienda? Siente un ruido.

Gira la vista a la derecha y los ve, primero ve los lobos y luego la luz en los caños y luego el ruido “la bala que te mata no se escucha” decían en una película viejísima que le encantaba al abuelo, el abuelo que dijo haber estado en una guerra pero que realmente se asustaba si alguien se tiraba un pedo o golpeaba las manos. Estaba senil ya el pobre viejo. Se da cuenta que desde el caño de su fusil se desprenden luces ¿Cuándo encendió esas respuestas? Otra vez el entrenamiento, deberá tener cuidado al volver para no descoyuntar una mina por un gesto mal interpretado porque cuesta quitarse lo aprendido.

Siente como pequeños zumbidos contra los muros deshechos y perlitas de arena le bañan la mejilla pero el tiene su luz y su luz podrá con la luz del lobo, aunque ambas luces sean del 7,62 y poderosas, la suya es la luz del bueno y los buenos jamás pierden. Ve a su teniente y ve que hace un gesto extraño pero no logra comprender lo que le dice, esa seña no se la han enseñado así que seguramente es la de “me dieron”, o “me estoy muriendo” pero su teniente no era buen tipo así que seguramente le tocaba caer en esta vuelta pero luego se recarga el juego y allí estará con su cara de mal nacido y sus órdenes estúpidas.

Los lobos parecen haber traídos reflectores de tanta luz que desprenden las fauces de sus manos y las tostadas con manteca no han llegado así que está solo y lo comprende y se da cuenta que si va para adelante lo iluminan y que solo queda el retroceso y comienza a retroceder y sus compañeros comienzan a imitarlo aunque de vez en vez alguno repite el gesto del teniente. Y recuerda en el patio de su casa cuando con sus hermanos fingían estas guerras él era siempre el bueno y siempre ganaba porque los buenos jamás mueren. Jamás mueren. Jamás mueren.

Gesto extraño. Cara arriba ¿Hay aplausos? Y el hermano que no viene a despertarlo, y el café con leche que se enfría y las tostadas con manteca que no avanzan, que no avanzan...

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