domingo, 14 de octubre de 2007

pequeña liturgia para no iniciados

Imagen: SCHTADLER



Dicen que el sueño es solo un síntoma y ella caracoleaba entre inverosímiles estructuras de grafito. Asociando, podría decir que la ciudad hablaba desde las paredes y que podía encontrarse alguna definición correcta, como te amo, entre tantas putas y tantas yeguas, la supongo aún enteramente desdoblada en sus dos fronteras pero suponer, como muchos saben, es solo un quizás con algo de cimientos.

No era yo quien la amaba sino otro, otro con más intención que habilidad con más sueños que deseos, y como se ha dicho, el sueño es solo un síntoma.

Más allá los anzuelos colgaban sobre la ciudad en busca de su cuota de carne, algunos definían al cielo como límite porque no podía traspasarse como si fuese una membrana o un ojo parcialmente divino observando fijamente sin manos para ordenar las cosas y los anzuelos colgaban de lo alto, imposible saber si de pájaros inmóviles o de ellos mismos, porque muchas veces las cosas aprenden a flotar por sí solas, como aquél que cayéndose descubrió que no podía. Ella caracoleaba entre esas cosas, con sus piernas cuidando la boca de mastín de su sexo que tantos y tantos había devorado entre palabras tipo ponga en un vaso agregue agua y espere. Era brillante ver sus piernas moverse apenas transpiradas y sus nalgas vibrando levemente bajo el vestido, sus brazos solían trazar deliciosos conjuros a través de los cuales su pecho se entreveía casi sin querer.

Él soñaba. Él entre muchos él como él y con el mismo sueño. Detrás podía verse un largo camino donde la niebla, por la noche, traía a la vida viejos fantasmas como dedos de vapor aferrando el pavimento. Así la escena, el reloj municipal ponía el tiempo que faltaba, detenido eternamente a una hora que a veces era exacta.

A la derecha y muy lejana contra el río la divina fuego en las entrañas destrozaba los peces en el mismo cauce sin siquiera mover sus colosales patas. Ella danzaba ajena. Ella dibujaba con sus nalgas distintos laberintos que conducían a un único minotauro, ella era dorada y carne y sabía como y siempre evitar los anzuelos (más de una vez he visto creciendo en la noche un cuerpo alanceado por distintos garfios elevándose y elevándose hasta desaparecer de la guía de teléfonos, la única memoria colectiva que nos queda), ella podía rozar el hierro con un salto y afilarlos con el veloz esmerilado de los ojos que la acompañaban donde fuera.

Podríamos decir que era bella y única. Él soñaba. El vestido de ella se adhería a su memoria y lo hojeaba hasta alcanzar a definir el contorno de su carne. Piernas, nalgas, estómago, pezones.

Nadie supo cuando el mastín comenzó a devorarla, quizás hastiado de los idénticos alaridos. Nadie supo como él la encontró y la recogió aún enfermo llevándola hacia su casa. Yo supongo que el mastín la desconcentró en el salto y que por una vez no evitó los anzuelos y que él pudo descolgarla antes que le exigiera demasiada fuerza.

Y mientras él la llevaba en brazos ella descubrió que tenía bocas en sus manos y que esas bocas mordisqueaban la piel de sus piernas y sus hombros y que el mastín aún hambriento le estaba mordiendo las entrañas y lo arrojó al suelo y comenzaron a devorarse mutuamente hasta que dejaron de verse. Hasta que dejamos de verlos.

Desde entonces, mientras de vez en vez un anzuelo me roza como guiñándome la espalda, escribo esta historia en el margen de algún día pero siempre jurando que jamás creí en los dragones porque, como todos dicen, el sueño es solo un síntoma y podemos aprender a matarnos en la espera.

Luego, muy atrás y a la izquierda contra el río puede verse una barca desde donde intentan arponear el agua inquieta para saber si es posible.

Era brillante ver sus piernas moverse apenas transpiradas y sus nalgas vibrando levemente bajo el vestido y a él soñando ajeno al síntoma, pero así suelen enseñarnos que es el hambre.

2 comentarios:

Desordenada dijo...

Sigues teniendo ese estilo tan particular de decir, pero aseguraría que es aún mejor que cuando te leí por última vez. Gracias por tu comentario en mi blog, sobre todo gracias por haberme permitido volver a encontrarte.
Un abrazo.
Des.

Sergio G. Rabadá dijo...

Gracias Desor por tu comentario, y espero que te acostumbrés a pasar por acá dejando estas pequeñas señales de que estuviste.

Un abrazo.